"Ser cosmopolita no significa ser indiferente a un país y ser sensible a otros. Significa la generosa ambición de ser sensibles a todos los países y todas las épocas. El deseo de eternidad, el deseo de ser muchos" JORGE LUIS BORGES

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1 de noviembre de 2011

Caminos de experiencias en Paris

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Las experiencias místicas son viviencias comunes a todo ser humano, la única condición para poder acceder a ellas es nuestro grado de apertura. Transitar ése camino de mística personal que lleva hacia nuestro interior es el tramo de experiencia personal más pura y ancestral. Es un viaje interior con sus diferentes estaciones, un recorrido que nos permite acceder a profundas comprensiones sobre nuestro pensar y muestras formas de actuar. En nuestro día a día, ¿cómo podemos sentir nuestra espiritualidad? ¿Qué nos exige y que nos regala éste camino? (Bert Hellinger, 'Mística Cotidiana').
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Por lo que leo y algunas personas me cuentan cotidianamente, Paris sigue siendo un destino idealizado por muchos y justamente en éstos dias, que estoy cumpliendo cinco años desde que tengo el enorme, grandísimo, privilegio de vivir en ésta ciudad, reflexiono lo que personalmente significa ésta gran capital, que continúa regalándome tantas sorpresas significativas. Alguna vez he contado en éstas páginas, ('Migrantes de uno mismo'), que a lo largo de los años y con muchísimas experiencias vivenciadas de por medio, (la mayoría maravillosas y otras, como debe ser, con mucho dolor y soledad), he aprendido éso que podríamos llamar 'la percepción de las cosas'. Gracias a ésos kilómetros recorridos, haberme atrevido a 'salir al mundo', haber reflexionado sobre mi propia existencia y haberme cruzado con tantas y tantas personas que, de alguna manera, me han ayudado a crecer en éste viaje que llamamos vida. Ésos caminos recorridos, que me llevaron a realizar, hace varios años, un viaje 'iniciático' por toda Europa, con un saco a cuestas y todas las ilusiones de saber que estaba viviendo una experiencia única. Luego mi mudanza, simplemente por sabor a la aventura, a la mágica ciudad de Nueva York, sin saber que ésa desición se transformaría en la experiencia más enrriquecedora de mi vida ('testigo' del 'ataque' a las Torres Gemelas incluido, como lo cuento en 'New York City, 11 de Septiembre de 2001, yo estuve allí...'). Mi posterior regreso a la Argentina, con la convicción que podía ayudar 'a cambiar el mundo' de mis familiares más próximos (error que pagué con creces...). Hasta el encuentro con mi 'alma gemela', con la certana idea, desde el principio, que nos habíamos elegido desde siempre y que alguna vez se iba a producir ésa comunión de nuestros espíritus.
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Antes de mudarme a Paris en noviembre del año 2006, había vivido una década absolutamente movilizante, tal vez, me atrevo a decir, la década más fuerte de todas y claro, si de algo me siento afortunado y de alguna manera es mi punto de satisfacción, es que en ésos años me atreví a quitarme de encima los preceptos y demonios (culturales, sociales, familiares), que todos podemos acarrear desde nuestra formación como individuos que vivimos en sociedad. Conocí de cerca el dolor y desamparo de muchos inmigrantes en los Estados Unidos y hoy veo cotidianamente la lucha de muchos otros inmigrantes para hacerse 'un lugar' en ésta Paris tan fascinante. Escucho con atención cuando amigos me cuentan sus propias experiencias como inmigrantes. Algunos sudamericanos en España, Francia o Italia, algunos españoles en Inglaterra o Alemania, y un puñado de otras nacionalidades. Pero debo admitir que no me siento identificado con ninguno de ellos. Creo fervientemente que deberíamos luchar con nuestras fuerzas y capacidades para realizarnos personalmente, allí donde nos encontremos, y tratar de quitarnos de encima todos los prejuicios y ataduras que nos impiden vivenciar plenamente nuestra propia excistencia y la de los que nos rodean. Siempre me pareció increíble escuchar personas, de cualquier edad, manifestarse con ése nivel de desazón y resignación, tratando de manifestar cómo debería ser la sociedad en la que viven, sin fijarse primero cómo es la vida que ellos han elegido y a la que adhieren. Claro que apoyo fervientemente todos los movimientos sociales en el mundo, pero creo que los seres humanos, tenemos la capacidad y la obligación, de alguna manera, de indignarnos con nosotros mismos, con nuestras elecciones de vida, desbarrazándonos de las ataduras y cadenas de la mente, para luego sí, salir al exterior y provocar con nuestras actitudes, ésos cambios que reclamamos en la sociedad.
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Vivimos en sociedades adormecidas por el excesivo consumo, por el mensaje instantáneo, por querer parecernos a otros. Aceptamos que nos regalen juguetes tecnológicos y aceptamos ser hipnotizados desde una pantalla digital, que muchos llaman su 'puerta al mundo'. Contamos historias de viajes desde la comodidad de nuestros escritorios, siendo que muchas de ésos narradores jamás han pisado algunos de ésos lugares que nos cuentan y si hemos estado allí, repetimos continuamente los mismos clichés sobre las mismas situaciones. Estoy convencido, porque lo he vivenciado, que la existencia de los que caminamos a diario por éste planeta, tiene su equivalencia en todas las sociedades. Poseemos los mismos sueños, compartimos un origen común, deseamos lo mejor para nuestras familias y amigos. Pero también siento que las personas que habitamos en ciudades, hemos perdido ése contacto que nos hacía únicos y hermosos, transformándonos en ladrillos que conforman la misma 'pared', pertecen al 'mismo rebaño', tratando de convercer al otro que nuestra idea, nuestras creencias, son las valederas.

Por éso mi lucha en Paris es continuar siendo el mismo, tratando de ampliar la mirada que poseo sobre el mundo, pero sabiendo que si deseo que otros respeten mis derechos humanos, debo comenzar por respetarlos yo misno, siendo fiel a mis principios, siendo un ciudadano consciente del prójimo, consciente del respeto que nuestro planeta merece. Tratando de realizar mis sueños como aporte al bien común de la Humanidad y sobre todo, tomando conciencia que cada encuentro, cada desición, cada palabra que sale de mis entrañas, debe ser única, preciosa, apasionada y necesaria.
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Vivo en una sociedad, la parisina, que posee todos los mecanismos para sentirse privilegiados: sus ancestros han construido una civilización única de dos mil años, poseen un patrimonio histórico y patrimonial impresionantes, un estilo de vida material que para muchos sigue siendo de altos estándares, viven rodeados de situaciones de belleza cotidiana. Sin embargo, si algo he observado en éstos cinco años, es la enorme carga de frustación y desencanto de los que me rodean (vecinos, colegas, amigos). Una sociedad altamente instruida y capaz, pero que se queja de todo, que poseen un rictus de seriedad y 'mierdismo' (sic) permanente, que nada les parece bien, que se quejan por todo, que han olvidado ser espontáneos. Tal vez algunos me puedan decir: 'son muy exigentes'. Pero yo me pregunto: ¿ser 'exigentes' significa vivir con ése grado de aburrimiento, de crítica del otro permanente, de intolerancia cotidiana, de individualismo axfisciante, del consumo uniformado? Entonces prefiero 'bajarme' de ése tren y volver a recrear el mío en otra parte. En una región donde la gente sea auténtica, donde no tenga miedo en salir a la calle con poca ropa si llueve o si hace frío, sin miedo a sentir en la piel los cambios climáticos que la naturaleza nos ofrece; una sociedad donde se tomen tiempo en pensar en los demás, en el prójimo, en los amigos. Donde no tengan miedo de cruzarse con un desconocido e iniciar un diálogo, donde puedan mantener una conversación sobre la última cosecha de patatas, tanto como de la última exposición de Picasso, compartiendo ése saber con humildad y respeto. Donde podamos irradiar nuestra alegría cotidiana sin sentir el peso acusador de la mirada de los otros, donde la palabra 'envidia' haya sido totalmente decodificada del lenguaje cotidiano, donde mis hijos puedan sentir en su propia piel el cambio de las estaciones y del paisaje circundante como yo lo vivencié en mi infancia.
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Me gusta el concepto de poder 'reinventarnos' en otra parte, como una idea de cambio permanente, de crecimiento, de movilización del espíritu. Donde podamos viajar a otros mundos sin arrastrar toda la carga de emociones negativas que nos puedan pesar. Y éso es lo que me dona la oportunidad de ser inmigrante: vivir, compartir, aprender, observar, luchar, reir, dejar de lado los miedos, los prejuicios, enfocándome en el encuentro con alguien diferente a mi, pero del que seguro puedo aprender tanto. Me gusta la idea de vivir varias vidas en una, donde mi originalidad resida en ser auténtico, en poseer ésa pasión en todo lo que hago, en ser agradecido por las bendiciones obtenidas, por la familia que me formó y la que he formado, por la tierra que me vió nacer y en la que he elegido para arraigarme. Sabiendo que si eligo donde plantarme, es porque ejerzo el poder con el que todos nacemos. Se trata simplemente de crecer cada día tratando de utilizar el don que todos poseemos y que debería ser el fin último de nuestras realizaciones. Primero me desarrollo como persona, aprendo a amar quien soy, para luego irradiar amor por mi prójimo, sin tratar de 'convertirlos' a mi causa y sin encasillarlos de acuerdo a mi propia escala de valores. Por todo ésto me sigue enamorando París, aunque muchas veces no comparta todo lo que comento arriba sobre sus habitantes y a pesar de ellos continúa siendo una ciudad única, cosmopolita, monumental y cercana a la vez, donde cada uno de sus habitantes podremos encontrar un espacio, tal vez el mejor escenario para realizarnos!
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'Sereno es aquel que es capaz de dejar atrás viejos sueños, viejas pretensiones, viejos reproches, aquel que libera así el corazón de forma que esté sosegado, pronto y dispuesto para lo posible y el regalo que se dá.' (Bert Hellinger)
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